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La bondadosa protectora Mamapacha | América - Juan de San Grial
Espiritualidad cátara
Republica Guinea Ecuatorial 4º-7C46022Valencia, España+34 677-928-573

Del libro de Juan de San Grial "América: el proyecto de una civilización divina"

La bondadosa protectora Mamapacha

La espiritualidad de los indios era arquetípicamente mariana. Los indios de América del Sur reverenciaban a la diosa Mamapacha (madre Tierra). Mamapacha —una divinidad venida del cielo a la Tierra— era su bondadosa protectora y madre. Nunca ningún mal se originó de Ella. La tierra de Mamapacha daba las cosechas más ricas (solo de patata, había 250 variedades). Los pueblos vivían en paz y abundancia, sin conocer enfermedades.

En la Europa de aquellos tiempos se sufría de hambre y epidemias mortales. Mientras en América no sucedía nada parecido. Mamapacha cuidaba a sus hijos. Ella tenía a sus profetas y ungidos, a los cuales visitaba con Sus pergaminos.

Personas de belleza admirable, ajenas al mal

Ciertamente los palacios eran magníficos, pero las personas eran aún más hermosas, de una belleza, espiritualidad y hospitalidad extraordinarias. A los invitados los recibían como llegados del Cielo. Estaban dispuestos a servirles, les entregaban todo lo que tenían: los más preciados encajes, adornos de oro... No eran partícipes de la lujuria ni de la usurpación ni del mammón. Lo único valioso para ellos era el hombre.

Los corteses y colones estaban arrebatados por los rostros solares de los aborígenes americanos. Los indios decían: “Si ustedes vieran a nuestras divinidades, el corazón se les haría pedazos: tan bondadosas y hermosas son. Nosotros solo somos sus pequeñas copias”.

Los conquistadores estaban conmocionados: las caras de los atalantes americanos eran los rostros de los habitantes del cielo.

Una ciudad celestial descendida a la Tierra

América: el proyecto de una civilización divina

...En una mañana de mayo de 1521 los soldados de Cortés entran en Tenochtitlán, la capital de los aztecas. Los españoles contemplan todo sobrecogidos: ante su mirada se alzan maravillosos palacios de granito, adornados con oro y piedras preciosas. ¡Están erigidos sobre el agua! Ornamentos misteriosos resaltan sobre monumentos de piedra de belleza sin igual... Es imposible apartar los ojos de la inmensa ciudad-templo regida por calendarios solares.

Los conquistadores aturdidos arrojan las armas: “¡Dios mío! ¿Esto es un sueño? ¿Qué estamos viendo? ¡Estamos en un paraíso terrenal!”. Están llenos de admiración por los enigmáticos murales, por la belleza inigualable de sus representaciones. Desconcertados por las “fuentes de la juventud” y los aromas fragantes que se emanaban de todas partes. A sus oídos llega una música desconocida. Se les presentan bondadosos espíritus. La ciudad, aunque abandonada por sus habitantes, vive, respira y canta.

Hasta un pancista común o un soldado armado hasta los dientes podría convertirse aquí en un poeta.

Uno de los conquistadores describe de esta manera la entrada de los españoles en la ciudad de los aztecas:

“Llegamos a un amplio camino y continuamos nuestra marcha en dirección a la capital. ¡Dios mío, amigo mío, qué fue lo que allí vimos! Numerosos pueblos y aldeas construidas sobre el agua. ¡Una Venecia americana! Tales torres y casas nos parecían posibles, si acaso, solo en las leyendas.

¡Qué espaciosos y bien proporcionados son sus templos de piedra y madera de cedro, con toda especie de árboles de dulces aromas y enmarcado por piedras preciosas y mármol, con inmensas salas y patios, adornados con tapices de algodón!

Ahora escucha, amigo, cuán maravillosa era la naturaleza de las tierras que acabábamos de descubrir. Entramos a un jardín tan maravilloso que no podías dejar de contemplar toda la diversidad de los árboles y aspirar los olores de cada uno de ellos. No podíamos dejar de admirarnos de las hileras de rosas y otras flores y los numerosos árboles frutales que estaban junto a aljibes de agua fresca transparente y fragante. Desde el lago se puede acceder en grandes canoas directamente al jardín, a través de un canal construido expresamente para ello...

Nunca antes habíamos visto algo parecido. ¿Dónde estábamos? ¿Acaso el reino de los cielos había descendido a la Tierra? Te lo aseguro, amigo mío: en el mundo no hay ni hubo semejante maravilla arquitectónica ni tal abundancia de vegetación ni esa especie de entusiasmo espiritual puesto en cada uno de los adornos de esta espaciosa capital, que no tiene ni principio ni final...”.

*

Pero, ¿dónde estaban aquellos aztecas a los que iban a derrotar? La ciudad celestial, descendida a la Tierra, estaba inhabitada. No había ni un niño ni un anciano o herido. Ni una gota de sangre ni un gemido ni un grito ni una risa... La vida había desaparecido. La ciudad santa resultó estar muerta. Los indios la habían abandonado. 

Los conquistadores se asustaron. Ellos querían subyugar la capital... ¡Y al entrar, se dieron cuenta que quienes habían sido derrotados, eran ellos mismos! La ciudad no fue abandonada por miedo o razones estratégicas (como hizo Kutúzov en Moscú). Las personas bondadosas no combaten. Ellas voluntariamente se entregan al sacrificio.

¿Tenochtitlán vencida? No. Los indios se trasladaron a otra existencia para regresar como vencedores. 


15 La Diosa Virgen Madre arquetípica (“La madre nutridora de los dioses y de los humanos” en Latín). (N. del E.)

 

Radio Millenium de Alicante de este tema

Kondratiy Andreyev

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